La política internacional ingresa en 2025 con un escenario marcado por la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, una guerra en Europa que redefine alianzas y una creciente fragmentación del orden multilateral. En este contexto, América Latina enfrenta el desafío de reposicionarse sin quedar atrapada en las tensiones geopolíticas que dominan la agenda global. Los gobiernos de la región intentan equilibrar vínculos mientras gestionan crisis internas que condicionan su margen de maniobra.
La reelección de liderazgos clave en Washington y Beijing ha consolidado una dinámica de rivalidad que se expresa en áreas como tecnología, energía y seguridad. Ambos países intensifican su búsqueda de aliados y de acceso a recursos estratégicos, lo que revaloriza a regiones proveedoras de minerales críticos, entre ellas América del Sur. El litio, el cobre y las energías renovables se transformaron en ejes de competencia, ofreciendo oportunidades económicas pero también riesgos de dependencia asimétrica.
Europa, por su parte, continúa lidiando con las consecuencias de la guerra en Ucrania. La prolongación del conflicto erosionó el poder de negociación del bloque y elevó el costo político de sostener el apoyo militar y financiero a Kiev. Al mismo tiempo, la Unión Europea acelera acuerdos comerciales con terceros países para diversificar su matriz energética y asegurar insumos clave. Este giro abre espacios de diálogo con Latinoamérica, aunque las negociaciones avanzan lentamente por diferencias ambientales y regulatorias.
En Medio Oriente, la inestabilidad persiste pese a intentos intermitentes de mediación internacional. Las tensiones entre Irán e Israel, junto con los conflictos en Yemen y Siria, mantienen a la región como un foco de riesgo para el suministro energético global. Estos escenarios influyen directamente en los precios del petróleo y generan incertidumbre para economías dependientes de combustibles importados, como varias de América Latina.
La región latinoamericana enfrenta además un ciclo electoral intenso en países como México, Venezuela y Uruguay. Los resultados redefinirán correlaciones de fuerza en organismos como la CELAC y la OEA, donde ya se observan debates sobre la autonomía regional frente a actores externos. Paralelamente, crece la preocupación por la erosión democrática en algunos países y por el avance de discursos polarizantes que dificultan acuerdos multilaterales.
En el plano económico, los organismos internacionales advierten que los flujos de inversión extranjera directa podrían desacelerarse si la tensión entre potencias deriva en restricciones comerciales más severas. América Latina, que busca reactivar su crecimiento, depende en gran medida de un entorno global estable para atraer capitales, especialmente en infraestructura, tecnología y transición energética.
Hacia adelante, la clave para la región será definir estrategias de inserción que prioricen autonomía, diversificación y cooperación. En un mundo marcado por la competencia geopolítica y la fragilidad institucional, América Latina necesita fortalecer sus capacidades internas para negociar en mejores condiciones. El tablero global se reconfigura rápidamente, y quienes no logren adaptarse corren el riesgo de perder relevancia en la nueva arquitectura internacional.




