El lenguaje está vivo y cambia con el tiempo. En los últimos años, el debate sobre el lenguaje inclusivo ha ganado espacio en medios, escuelas, redes sociales y espacios públicos. No se trata solo de una cuestión gramatical, sino de una transformación cultural en marcha.

El lenguaje inclusivo busca visibilizar identidades históricamente invisibilizadas. El uso de formas neutras o no binarias, como la “e”, apunta a reconocer la diversidad de género y evitar que lo masculino sea la norma por defecto en el habla.

Quienes lo critican suelen centrarse en cuestiones de norma lingüística o estética. Sin embargo, la lengua está llena de cambios que en su momento generaron rechazo y hoy consideramos normales. El lenguaje cambia porque cambia la sociedad.

Más allá de los aspectos técnicos, el fondo del debate es el respeto. Nombrar a alguien como quiere ser nombrado es un acto básico de reconocimiento. La discusión no es imponer una forma de hablar, sino abrir espacios de inclusión y escucha.

En muchas escuelas, jóvenes adoptan naturalmente el lenguaje inclusivo. Esto habla de un cambio generacional que va más allá del idioma: es una forma de construir una sociedad más empática, diversa y justa.

El lenguaje no resuelve todos los problemas, pero puede ser una herramienta poderosa para empezar a ver y nombrar realidades que durante mucho tiempo fueron ignoradas. Y eso ya es un paso importante.

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