Argentina continúa siendo en 2025 uno de los países con mayor diversidad paisajística del continente: desde los glaciares de la Patagonia hasta las selvas subtropicales del norte, pasando por sierras, pampas, desiertos y lagos. Esta riqueza natural sigue siendo un imán para el turismo interno y extranjero, pero también enfrenta crecientes presiones por el cambio climático, los incendios forestales y la expansión urbana no planificada.
El turismo de naturaleza tuvo un leve repunte este año. Según el Ministerio de Turismo, más de 3,4 millones de turistas visitaron parques nacionales en el primer semestre, un 12% más que en 2024. Los destinos más concurridos fueron el Parque Nacional Los Glaciares, el Iguazú y los Esteros del Iberá, aunque crecen también circuitos alternativos como el Parque El Impenetrable (Chaco) o la Quebrada del Condorito (Córdoba), donde se promueve el ecoturismo y el avistaje de fauna.
A pesar del aumento de visitantes, muchos de estos entornos siguen desprotegidos. El sistema de áreas protegidas abarca un 13% del territorio nacional, pero con grandes diferencias en infraestructura, personal y control. En zonas como la Patagonia norte y los bosques andino-patagónicos, los incendios forestales volvieron a ser una amenaza durante el verano, agravados por sequías locales y el avance de emprendimientos inmobiliarios sobre zonas de alto valor ambiental.
En el norte argentino, la deforestación continúa siendo una preocupación. Un informe de Greenpeace reveló que entre enero y mayo se perdieron más de 23.000 hectáreas de monte nativo, principalmente en Santiago del Estero, Salta y Chaco, por el avance de la frontera agropecuaria. Aunque existen leyes nacionales de ordenamiento territorial, su cumplimiento es dispar y las sanciones a veces resultan ineficaces frente a los intereses económicos.
La Antártida argentina también estuvo en foco este año. Con temperaturas inusualmente altas y derretimiento acelerado de hielo en algunos sectores, científicos del Instituto Antártico Argentino alertaron sobre “cambios irreversibles” en la dinámica de glaciares. El fenómeno, además de ser un síntoma global del cambio climático, tiene implicancias geopolíticas y científicas para el país, que mantiene una presencia estratégica en el continente blanco.
En las ciudades, la valorización del paisaje natural también gana terreno. Barrios como Palermo en Buenos Aires, el Parque del Bicentenario en Salta o los márgenes del Lago San Roque en Córdoba están experimentando procesos de recuperación verde. Aun así, las urbanizaciones cerradas, los desmontes en zonas periurbanas y la contaminación de ríos y lagos siguen generando tensiones entre desarrollo y sustentabilidad.
Las comunidades originarias y campesinas cumplen un rol clave en la defensa del paisaje como patrimonio vivo. En regiones como Jujuy, Catamarca y Río Negro se multiplican las resistencias a proyectos extractivos que amenazan cerros sagrados, humedales o territorios de uso ancestral. Estos conflictos no solo son ambientales, sino también culturales y políticos, y abren el debate sobre qué modelos de desarrollo queremos sostener como país.
En definitiva, los paisajes argentinos no solo definen la identidad geográfica del país, sino que también son un recurso estratégico, un patrimonio cultural y una reserva de biodiversidad. Su preservación exige políticas públicas firmes, participación social activa y un equilibrio entre uso, disfrute y cuidado. En un contexto de crisis climática global, el paisaje deja de ser solo escenario y se convierte en protagonista.




